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El suelo se humedecía

en la tempestad improvisada

de marzo sin abril

y hacía que las flores

embellezcan,

se hicieran suspiro

con jadeo y lujuria,

porque persiste el silencio barroco

de vivir lejos,

lejísimos,

bajo el espeso cielo llorón,

bajo ceniza

y nuestra alarma temprana,

la que nos despierta

con prisa sin pavor,

de golpe,

llorón como

nunca jamás.

 

Sonriente en el firmamento hizo lo suyo,

dio la vuelta,

mes a mes,

con reloj de sol,

amamantando cristales en nubes espesas,

mama tierra,

mujer sincera,

amante subterránea,

disipada en la humareda del pasado,

María,

dulces,

tu amor,

y el cielo,

nada más,

todas las estrellas,

toditas.

 

Y comienza de nuevo,

removiendo la tierra,

enterrando la maleza,

pariendo y sufriendo,

como lloraba el indio,

como lloro yo,

indio o no,

todo se mezcla,

la tierra bendita todo chupa,

bendita sombra de Huamán en el maizal,

todo se da,

todo crece,

aquisito no más,

hasta en la sombra,

tierra fértil,

y mezclas esperanzas con silencio

en la chacra,

“sentate acá,

warmi,

sentate,

mirá el amanecer,

mirá como las hojas crecen

con nuestro trabajo,

mirá”.

 

Mañana,

todos entre nosotros,

los que somos,

amapolas del Universo,

con queso,

con papas,

como hace cinco siglos,

en la misma tierra,

el Belén del Mesías,

pero aquí,

con historia propia,

con el sol del Inca,

con la luna de mi madre,

con el amor de mi vida,

la sonrisa eterna de mi sangre,

el ladrido del tiempo,

todos comiendo.

Todos.

AGF:.

01/Abril/2017Maizal.jpg

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