Pude contar hasta treinta y tres hasta que la velocidad del ventilador se aceleró a la de mi mirada, intenté apagarlo para comenzar nuevamente pero me interrumpieron tres golpes serenos en la puerta… Era un hombre alto, su mirada era fría y hasta cansada, cabello blanco y abundante por lo menos en los costados de su cabeza, el reflejo del sol en la voluptuosidad de su calvicie me llenó de luz sin siquiera saber su nombre y las intenciones de su visita.

Mi curiosidad y yo le invitamos a pasar, casi mecánicamente, sin escuchar la agudeza o gravedad de su voz, descorché el único vino que encontré en la cocina, entre la rendija lo noté mirando cada una de las fotografías que adornaban la soledad de mi sala, al regresar y ofrecerle la copa, supe que su nombre era Jorge, que venía de visita familiar pero no pudo percatarse que a donde iba, no estaba nadie. Por instinto caminó en la soledad de un lugar desconocido, tocó una puerta y la causalidad hizo que nos conociéramos. Intenté recordar su rostro de algún lugar, o tal vez su voz se traducía en letras y había leído su timbre de voz en algún lado, sería acaso escritor o político, poeta o abogado, quién sabe. La copa se terminó en la formalidad de la presentación -parecía la entrega de credenciales ante la Majestad de cualquier soberano-, me levanté con la idea de llevar el resto de vino, pero me dirigí a mi Estudio, rebusqué entre los libros de la primera estantería y ahí estaba, un libro leído muchas veces, admirado otras tantas de un autor complejo que nunca quise saber quién es -inmenso problema de los escritores, ojeamos un libro, nos encantamos, admiramos la postura y posición de las letras, el color del contenido, la voz alta de sus líneas, pero lo que menos nos interesa es conocer al escritor, ego tal vez, no sé- no quise llevarlo, él intuía que la espera tenía una razón clara, sabía que la visita no fue azar, la geometría le llevó a mi puerta, la ubicación de sus golpes en la madera, el brillo del compás y la escuadra en su anillo, la formalidad y posición de sus palabras, todo, absolutamente todo estaba ahí, perfecto, el aprendiz, el maestro, el vino, el libro, la improvisación de templo, la cámara, el Oriente, el número, todo.

Sabía que algo estaba mal -me inquietaba saber si la formalidad debía ser parte de este ritual improvisado o debía ser yo, la locura del poeta, la inquietud del joven, lo común de ser yo, simplemente eso-, a mi regreso con el sobrante de vino y la idea clara de quién es el sujeto que estaba frente a mí, le invité a que brindásemos por la República y sus símbolos -noté la extrañeza en su rostro y cierta incomodidad-, pero soltó una sonrisa, tal vez la primera de la tarde, continuó él brindando por los hermanos esparcidos por la faz del mundo, en especial por los que sufren, hubo un silencio inminente casi solemne, los dos recordamos a seres queridos que han partido al Oriente eterno. Nos dimos un triple abrazo con la mirada y seguimos platicando. Ya no era el sujeto frío y cansado, dejó de ser el Escritor para ser el fraterno, el amigo y hermano. Pasó de ser el hombre que escribió un libro que leí hace varios años al amigo que bromea con la historia, que cuenta sus anécdotas y hasta me enseña lo mítico y simbólico de la Fraternidad.

No hizo falta reteje ni preguntas míticas, fue suficiente con alzar la mirada al Hermano, brindar, fraternizar, soltar a la solemnidad y que prime la sinceridad, abrazar al Hermano, escuchar al Maestro y querer al Amigo.

En otra época tal vez hubiésemos platicado hasta muy tarde, pero su celular sonó casi al mismo instante que el mío, su esposa y mi novia, esperaban en lugares distintos el retraso que causó reconocer a un Hermano masón en la soledad de mi hogar. Lo más seguro es que algún día volvamos a sonreír frente a una copa o nos cubramos con un mandil del mismo color para construirnos, quién sabe, pero ahí estaré, con sabiduría, fuerza y belleza, pese a todo, esperando al Hermano.

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