Nos enamoró el oído. Mordió nuestros besos y aprisionó

en su piel nuestras debilidades. Entonces, recalentados, como

 una merienda, la buscábamos en su balcón de Julieta, esca-

lando sus enredadas palabras.

XAVIER OQUENDO

 

 

Jamás regresó…

 

Entre su espacio y el mío

un hoyo negro de pasiones

funge con su risa amable

en la melancolía.

 

Un beso tibio,

el sol nauseabundo

un hilo de caricias

un vacío que me pertenece

 

La pienso firme,

la siento eterna

el ruido melancólico de un canto feliz

                                   tú

 

Éramos sueños, perdimos…

somos realidades

vivíamos sin sentido

amábamos

 

Me enamoró el destino

me acariciaron tus besos

me sintieron tus pechos

te amé en mi sueño…

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