Por: Andrés Guamán Freire

Cuando hablamos de derechos humanos, imaginamos una gran convención de personas con su mejor traje, sus grandes discursos, discutiendo una u otra tesis, aprobando acuerdos mediante alza de brazos, recordar aquello es sin duda el ápice protocolario de cualquier convención que congrega  a los mas “ilustres” conocedores de los pueblos.

Han sido sin duda ellos, quienes con sus doctos reclamos, su gran versificación y su dotado léxico que incluyen las necesidades de todos los individuos. Ya lo hizo José Mejía Lequerica cuando se refirió a las mitas en Cadiz en 1812, lo antecedió la Revolución Francesa cuando promulgó los Derechos del Hombre y el Ciudadano. Incluso coyunturalmente se pone en cuestionamiento la Carta Magna del país, que ampara un sin número de derechos, además de los amparados por convenios internacionales.

Indiscutido es el aporte que han realizado los diversos personajes en la vida pública, sobrecogedoras son las palabras que se han grabado en la historia en su intento de ayuda a la humanidad.

Quiero entender que de decretos, acuerdos, declaraciones, constituciones a la realidad la distancia no es considerable; lamentablemente los derechos de “los otros” no se han podido amparar, cuando revisamos detenidamente, con el cumplimiento de alguno de ellos, los niños, aquellos seres más vulnerables, no podrían acariciar la felicidad como derecho y oportunidad siquiera.

En el Art. 2 de la Declaración de los Derechos de Niño, recién realizada en 1959 por la ONU, reza “El niño gozará de una protección especial y dispondrá de oportunidades y servicios, dispensado todo ello por la ley y por otros medios, para que pueda desarrollarse física, mental, moral, espiritual y socialmente en forma saludable y normal, así como en condiciones de libertad y dignidad. Al promulgar leyes con este fin, la consideración fundamental a que se atenderá será el interés superior del niño.”

Es inevitable pensar en lo utópico que resulta creer que aquel derecho de desarrollo, entre otros social, pueda convertirse en realidad. Cuando el sistema obliga a los países de la periferia a lidiar su estancia en el mundo contra la hegemonía del primer mundo. Cuando vemos en países como el nuestro, niños mendigando su alimentación diaria, mafias de retrógrados traficando niños para un uso esclavista y hasta pornográfico.

En el Art. 4 “El niño debe gozar de los beneficios de la seguridad social. Tendrá derecho a crecer y desarrollarse en buena salud; con este fin deberán proporcionarse, tanto a él como a su madre, cuidados especiales, incluso atención prenatal y postnatal. El niño tendrá derecho a disfrutar de alimentación, vivienda, recreo y servicios médicos adecuados.” Imposible pensar en una realización plena de este “derecho”, cuando hace no menos de 2 semanas, fallecen 10 niños por un pequeño descuido infeccioso en un “prestigioso” hospital de Guayaquil. Resulta indignante, la demanda de pacientes en los hospitales públicos, en especial infantiles, está por encima de la infraestructura establecida. Es de preguntarse, si aumenta la demanda, no es lógico que aumente la oferta de un servicio indispensable.

El Art. 9  “El niño debe ser protegido contra toda forma de abandono, crueldad y explotación. No será objeto de ningún tipo de trata. No deberá permitirse al niño trabajar antes de una edad mínima adecuada; en ningún caso se le dedicará ni se le permitirá que se dedique a ocupación o empleo alguno que pueda perjudicar su salud o educación o impedir su desarrollo físico, mental o moral.” Existe algún individuo que no haya sido conmovido con las palabras tiernas de un niño, ofreciéndole el producto de su trabajo. Acaso los países que suscribieron esta declaración, han frenado con el trabajo infantil. Cuando pasamos por las calles vemos un sinfín de niñas y niños ofreciendo, ya sea caramelos, entonando una canción de moda, haciendo malabares por recibir “una monedita”.

La desintegración social causada por los efectos del Sistema dominante, el auge del consumismo, la falta de incentivos al sector social. El aumento de la natalidad, la migración, el narcotráfico, la influencia comunicacional. Han generado que los derecho sean “tinta muerta”, más esfuerzos se destina a momentos electorales que a cumplir aquellos derechos “irrenunciables” de las niñas y niños.

Es menester hacer votos de solidaridad y confianza para que esos derechos no sean optativos; antagónico como EEUU, el país más poderoso que no quiso suscribir esta declaración, acaso existe intereses más poderosos que el interés por el bienestar de nuestra niñez.

Anuncios