Por: Andrés Guamán Freire[1]

Cuando se funden tradiciones ibéricas con indígenas es arduo trabajo natural explotado por “chapetones”. Parece propio el sabor amargo de la esclavitud cuando un paso ponemos en una hacienda.

Corre los años de 1535, los primeros españoles pisan territorio de Chillo, no conquistan; solo conocen y exploran.  Más tarde cuando las órdenes religiosas se apoderan de las ricas y fértiles tierras del Alto y bajo Chillo, funden una nueva tradición en el suelo de los Shyris: Las haciendas encomenderas y productoras.

Año de 1767, expulsados los Jesuitas por mandato real. Muchas de sus propiedades en manos de regidores y encomenderos del presidente de la Real  Audiencia, Chillo Compania, uno de los obrajes más grandes de la región Centro Norte, queda en manos inciertas.

En aquellos tiempos, los títulos nobiliarios apetecían el orgullo de todo adinerado: Juan Pío Montufar y Larrea, quien desde entonces llamado  Marqués de Selva Alegre, dueño ahora de Chillo Compañía.

Confabulaciones, visitas de héroes, trabajo extenso y muchos réditos nos recordarán para siempre el sentir de una bella hacienda construida en adobe de chocoto y tejas, que inmortalizarán la imagen de la casona central.

La historia no puede ser de ninguna manera regresar en el tiempo y quedarnos ahí, constituye en esencia mirar nuestro pasado y reconocer los aciertos y errores de los pueblos y sus actores. Muchos protagonistas de nuestra historia han vivido o han dejado su huella en nuestras bellas haciendas.

Chillo Compania supo a finales de 1808 que se avecinaba un 10 de agosto inmortal.

Bolivia apreció el intenso amor de Bolívar y Sucre por la libertad.

Más contemporáneo, Velasco Ibarra descansó y preparó unos alusivos discursos, característicos de este afamado 5 veces Presidente, en la Hacienda de su cuñado Alberto Acosta Soberón: llamada “Villareal”.

Innumerables recuerdos nos dejarán para siempre, así como bellos paisajes serán pintados en honor a estas casonas de místicas leyendas y grandes anécdotas.

Chillo Compañía, Bolivia, La Merced, La Carriona, Tena, Chillo Jijón, Cashapamba, La Herrería, Merced de Robalino, San Agustín, El Cortijo, San Nicolás, entre otras. Solo ellas serán los testigos de aquella dura pero necesaria época Colonial.

Mañana cuando ya no estemos, en sus paredes se inmortalizará el recuerdo de los que fueron y los que serán. Sus viejas puertas y paredes con aquel agraciado detalle barroco recibirá con calidez y alegría a propios y extraños, consideradas patrimonio cultural de todos nosotros los que nos precederán sabrán dar el valor historico y patriótico que ellas se merecen.


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Bibliotecario Municipal de Rumiñahui. Realizó estudios de Economía e Historia. Miembro de academias y grupos intelectuales. Ensayista y redactor invitado de varios artículos en periódicos y revistas culturales. E-mail: trocua4@hotmail.com

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