Por: Andrés Guamán Freire[1]

Un viejito sentado en una de las bancas continuas cuenta que en esa celebre pileta el Coronel Juan de Salinas proclamo la libertad cuando ésta aún se encontraba en la plaza grande de Quito. Casi instintivamente alzo mi cabeza y se posa en mi mirada la majestuosa cúpula de la iglesia matriz de esta ya gran ciudad de Sangolquí.  El paisaje poblado de bellas casas con un estilo barroco, aún los pajarillos trinan sin ningún impedimento, los verdes árboles saludan a los turistas que muy frecuentemente acuden a degustar el famoso Hornado Sangolquileño y de pasito visitan la majestuosa arquitectura colonial.

Aquella bella iglesia símbolo de la religiosidad de esta ciudad, pintada casi por coincidencia de los colores que pueblan la gloriosa bandera de este Cantón Rumiñahui: Azul y celeste. En su máxima altura me di cuenta que aún tenía tiempo, aquel reloj alemán marcaba las 11 am. Así que me aventuré a conocer más a fondo sobre los inicios de esta bella casona religiosa.

Sangolquí convertida en cabecera cantonal de Rumiñahui en 1938, antes, parroquia rural de Quito era considerada una tierra fértil y de gente trabajadora. Su historia religiosa es similar al resto de lugares colonizados. Una pequeña capilla era la casa religiosa de la parroquia. Constituida por el siglo XVI.

Pero lo que nos interesa es la historia de la iglesia matriz. Se conoce que por 1904 el párroco de ese entonces Julio Andrade, consciente de la riqueza humana de Sangolquí, argumenta que la población irá creciendo y es necesario un templo que albergue a más fieles. Y pensó que sería muy propicio construir un templo de mayor dimensión que la capilla de “San Francisco” y propuso que se ocupe para el efecto un vasto terreno que poseía la iglesia adjunto a la capilla. Sin embargo, la carestía de fondos era un gran impedimento, así que se convocó a todos los feligreses a que elaboraran una gran minga para dejar propicio el espacio para la construcción. El avance de la obra no era del completo agrado del párroco. Sin buenos resultados pasó por la parroquia otro religioso llamado Miguel Meneses, de la misma manera José Romero, Felix Granja, Mariano Larco, Antonio Eliecer Ron, César Ortiz, Arcadio Cobo, César Cadena, Ricardo Navas, Alejandro Proaño, Honorio Terán, todos ellos hasta 1918.

Ubicados ahora en 1918, exactamente el 15 de septiembre llega a Sangolquí el cura Gabriel Vásconez Tobar e inmediato convoca a las personas más respetables de la parroquia a formar la Junta “pro-construcción del templo parroquial de Sangolquí”, que reunió a una veintena de personajes muy solemnes en ese entonces. Sin duda éste sería un paso muy grande en pro de la construcción del templo ya que a partir de ello se puso a consideración la lotización de los 9021 metros que poseía la iglesia y poder de allí reunir fondos para la construcción. Que claro, incluía la actual plaza César Chiriboga que fue donada por la iglesia. Se conoce también que se puso a consideración en alguna de las reuniones de esta Junta la posibilidad de elaborar los planos por alguien del pueblo, a lo que Mariano Guayasamín se ofreció sin reparos.

La característica primordial de la construcción de este templo fue la carencia de recursos económicos pero mucho entusiasmo de los clérigos y pobladores por ver completo la afamada iglesia matriz hicieron que en el año de 1925 fuera uno de los más provechosos para la construcción del templo. Cada vez se iban adhiriendo a la causa más y más personas que con su entusiasmo y en muchos casos hasta con dinero aportaron.

Se estableció en 1925 la fecha de inauguración y para el efecto se escogen incluso madrinas y se esperaba que el Arzobispo bendijera la iglesia. Y fue un 17 de enero de 1927 el día de la celebración e inauguración de la tan esperada iglesia matriz.

Parece que se me hizo un poco tarde… Tanto hablar y hablar con un muchacho que detenidamente me explico esa bella historia. A la salida de la iglesia ya se instalaba la señora que vende las velas para la misa de la tarde y poco a poco comenzaban a llegar las viejitas que con sus rezos agradecían por la buenaventura de la bella tierra donde viven.

La tarde no era del todo oscura, sin vacilar me adelante a degustar un delicioso helado de paila donde una viejita que ya parecía se iba a retirar a su casa después de un cansado día de ventas. Se llamaba Victorita, conocía todo sobre Sangolquí, aunque ni siquiera nació aquí.

Hubiera conversado con ella hasta que nos ensombrezca la oscuridad de la noche, pero, olvide que mis hijos se quedaron en el San Luis.


[1]

Bibliotecario Municipal de Rumiñahui. Realizó estudios de Economía e Historia. Miembro de academias y grupos intelectuales. Ensayista y redactor invitado de varios artículos en periódicos y revistas culturales. E-mail: trocua4@hotmail.com

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