Tirado en medio de tres paredes y una que parece ser de rejas, fuera de dolores, intento llamar al custodio y nadie me escucha, de pronto observo que el alguacil se interna en mi calabozo, levanta un cuerpo. ¡Qué indignación!, parece ser el mío, de inmediato quiero reaccionar, varias veces he tenido una serie de sueños dentro de esta cárcel, quiero despertar de éste, la peor de mis quimeras. Pero es inútil, todo es tan anormal a mi alrededor, mi visión nublada pero mi mente llena de recuerdos, como aquel día 5 de Enero de 1792 que cansado de la manera en que los llamados “chapetones” se enriquecían a costa de la gente de mi Quito, intenté publicar el que sería el primer periódico de la Audiencia, después de esto sabia que el mensaje de mis palabras seria acogido por mi pueblo, sin embargo ahora me veo envuelto en esta pobre e indignante celda. Pero todo lo que en mi vida aprendí acerca de la libertad y la honra fue callado con solamente refundirme en esta cárcel. Yo sé que muchos nobles discípulos míos continúan pregonando la libertad, igualdad y fraternidad que nuestro corazón ama.
Ahora, el alguacil se lleva mi cuerpo, todo él lleno de huesos y casi nada más que huesos; no entiendo este panorama, puedo observar todo pero nadie me observa a mí, de pronto se vuelve a nublar mi vista, siento que todo revolotea a mi alrededor, puedo entender ya todo, estoy muerto, pero mi alma viva, nadie se percata de eso, parece como que un torbellino ha invadido mi ser, siento otra vez la muerte cerca de mí, pero, ¿será posible la muerte después de haber estado muerto?, ¡creo que no!.
Esta vez en mis remembranzas escucho la voz de mi padre Luis, al que todos llamaban “lechuza”, que siempre comentaba la manera en la que yo seria grande, pero otra vez me pregunto, ¿cómo puedo escuchar a mi padre?, el murió antes que yo entrase al Seminario a estudiar medicina.
Que consternación no puedo entender lo que sucede. Pero lo que da lucidez a mi existencia es el saber que hoy 27 de Diciembre de 1795, mataron la ilustración, pero revivió el ansia de libertad de mis discípulos que esperan el momento preciso para dar fin a esta masacre que va con nosotros casi trescientos años.
Ahora me encuentro divagando entre las calles, aun llenas de españoles llenos de poder que nació en una conquista abrupta, de pronto observo un humilde calendario que posa en la pared de una droguería, se acerca la navidad de 1808, todavía no entiendo la razón de que el tiempo transcurra de una manera tan apresurada. Oh sorpresa pude observar por las calles a mi hermana, Manuela, quien se encuentra con mi gran amigo José Mejía, quiero abrazarlos, pero mis manos atraviesan su cuerpo, cual organismo insípido, de pronto se dirigen a la hacienda de mi discípulo Juan Pío, silenciosa pero absurdamente los sigo y observo que allí llega mi abogado Juan de Dios y el aguerrido general Salinas, con so pretexto de una venturosa cena navideña se reunen a los que llamaría yo, Padres de la Patria.
El verdadero motivo de esa reunión fue para discutir una presunta sublevación patriótica contra el gobierno del Conde Ruiz de Castilla, ¡que orgulloso me siento, aunque nadie lo perciba. Nobles personas, muchas de ellas amigas mías prosiguen con el afán de libertar de toda dominación a la tierra que me vio nacer y morir!. Luego de discutir y concluir en la insurrección de la Junta Soberana de Quito próxima, se despidieron y juraron lealtad total y compromiso por el buen destino de la Audiencia.
Creo que el día esperado llego por fin. He divagado poco tiempo pero en el mundo mortal del que ya no soy parte ha transcurrido ya casi nueve meses. Regreso a la droguería y observo que hoy es 9 de Agosto de 1809, cuando de pronto puedo divisar a lo lejos a uno de los soberanos, Juan Larrea que acude a la hacienda de Montúfar en busca de un documento que sería la renuncia de Ruiz de Castilla. De pronto el mismo Larrea se dirige a Carondelet en donde en son ferviente a las 4 de la madrugada del 10 de Agosto de 1809 informa a Urriez que queda cesado de su presidencia y toma posesión de Quito la Junta Soberana.
Fue el día más feliz de mi vida después de morir, mi sueño de libertad se plasmo en un hecho. Como no enaltecer aquel día que la patria era nuestra Patria, cuan emocionante y digno saber que podre por fin.
Descansar en paz.
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